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LUGARES & MOMENTOS

Para la sugerencia y la intuición

Encarar la obra artística de Luis Fernando Mejía Jaramillo en toda su extensión y complejidad, tal como lo afirma Carlos Arturo Fernández, es constatar que lo que se revela en ella “es una reflexión incesante frente a todos los recursos del arte y a la posibilidad de que por medio de ellos se estructure una relación y, en último término, una reflexión acerca de la realidad”. 

Encarar la obra artística de Luis Fernando Mejía Jaramillo en toda su extensión y complejidad, tal como lo afirma Carlos Arturo Fernández, es constatar que lo que se revela en ella "es una reflexión incesante frente a todos los recursos del arte y a la posibilidad de que por medio de ellos se estructure una relación y, en último término, una reflexión acerca de la realidad”. (2006).

Sus grabados, de pulcra factura, dan la sensación de estar elaboradas a cabalidad, de haber sido ejecutadas con dedicación, con la paciencia propia de un orfebre. Como características destacables de su obra se pueden mencionar, entre otras, la limpieza de sus acabados, los contrastes de luz y sombra, los valores tonales, las texturas, y la fluidez y seguridad de sus líneas.

Como sabemos, el grabado es una forma de expresión en la que el artista dibuja una imagen sobre una superficie rígida denominada matriz, utilizando para ello medios mecánicos, físicos o químicos con el fin de dejar una huella, en relieve o en hueco, que luego de ser entintada se transfiere por presión a otra superficie dando como resultado una estampa de la cual se pueden obtener reproducciones. Según se puede constatar en el universo de la colección con fundamento en la cual se realizan estas exposiciones virtuales, el artista dio cierta prevalencia al grabado en hueco, combinando muy frecuentemente las modalidades de aguafuerte, aguatinta y cera blanda. En el aguafuerte, el grabado es realizado con una punta sobre una plancha de metal que previamente ha debido ser cubierta con un barniz protector para permitir que ciertas partes puedan ser ahuecadas al contacto con un mordiente, ácido o sal. En el aguatinta se esparce una fina y casi imperceptible capa de resina sobre la plancha que, al adherirse a esta, permite conseguir una extensa graduación de tonalidades. En la cerablanda, se esparce de la manera lo más regular posible un barniz blando sobre la plancha de metal todo lo cual permite una marcada precisión en el trazo y una infinidad de texturas en el resultado final.

Con el transcurso del tiempo, el acopio de destrezas y de conocimientos, el artista se propuso un paso trascendental, fusionar el grabado con el dibujo haciéndolos converger en el monotipo como recurso esencial para expresar sus planteamientos conceptuales más profundos y su más exquisita creación poética, obteniendo resultados descollantes en esta técnica, y llegando inclusive a evidentes niveles de maestría en ella.

Contrario al grabado que, como ya lo expresamos, es un procedimiento técnico que posibilita la obtención de varias estampas iguales a partir de una matriz, en el monotipo se realiza una impresión única. Para la realización de sus monotipos el artista continuó usando sustancialmente los materiales e instrumentos propios del grabado pero realizando el proceso de definición de la imagen mediante el procedimiento inverso, es decir, por el método de sustracción, impregnando primero la matriz con las tintas de grabado e interviniéndola luego con diferentes instrumentos para dejar en ella particulares improntas sobre todo, luces y efectos tonales y, luego, una vez estampada la matríz, delineado con lápices en el papel ya impreso para detallar o crear ciertos acentos. Esto, indudablemente le permitió mayores posibilidades creativas y resultados muy ricos en cuanto a volúmenes, además de poder pasar de los tonos más profundos a los más luminosos en las diversas escalas cromáticas creando de esa manera verdaderas atmósferas.

Mejía transitó el camino que le permitió partir de la preponderancia de la línea hacia la primacía de la mancha lo cual es evidente en sus monotipos, acercándose de ese modo más decididamente a la pintura.

En el Anecdotario de la Casa, como su nombre lo insinúa, hace referencia a los espacios y objetos que en la cotidianeidad se nos vuelven predilectos, íntimos, que dan sentido a nuestras actividades ordinarias, que están definitivamente involucrados en nuestra vida corriente y se vuelven casi absolutamente indispensables para nuestra existencia equilibrada y armónica. Lo mismo podríamos afirmar de los motivos que se conjugan en sus Bodegones.

 

En su serie de Arrumes, fardos y trasteos, el artista, haciendo alarde de su capacidad reflexiva y de señalamiento, muy probablemente tuvo en cuenta que el ser humano parece destinado a la trashumancia constante; al cambio de actividades y de rumbos; a las vicisitudes, y que de todo ello va quedando evidencia en los trebejos vueltos fardos o arrumes, guardados en estancias asignadas para ese propósito, provisional o definitivamente.

Esos trastos de la más diversa índole, envueltos, empacados o simplemente puestos o tirados por ahí, que se resisten a caer en el olvido, testigos materializados y discretos que han sido de nuestro trasegar por la vida y de los avatares a que nos hemos enfrentado, reivindicados en un momento dado, seguramente podrán contarnos infinidad de anécdotas.

Tocios esos objetos, aunque permanezcan cerca de nosotros, arrumados o arrinconados en algún lugar, en el desván, por ejemplo, nos impulsan a la reminiscencia cuando eventualmente decidimos dirigirles nuestra atención. Nos acompañan verdaderamente pero no en forma activa sino a la manera de una discreta sombra. Quietos, apenas si depositados, cumplen en la vida práctica un lugar equiparable al subconsciente.

En lo que respecta a la línea temática Humo, vapor y niebla, que ejecuta igualmente acudiendo al monotipo con posteriores intervenciones de dibujo sobre el papel impreso, Luis Fernando sigue demostrando el manejo riguroso e impecable de la técnica. Conjuga además dos visiones de la realidad, el paisaje rural de montaña envuelto en nieblas, y espacios urbanos, industriales, de máquinas que producen humo o vapor, pero en donde lo más importante es la sugerente atmósfera que se crea, en la que casi puede apreciarse que el tiempo transcurre y que está ocurriendo algo más, una mutación un cambio, o como bien lo expresa Carlos Arturo Fernández : “ […[ lo que Luis Fernando Mejía entrega en sus monotipos de 'Humo, vapor y niebla' son, ante todo, momentos fugaces pero realmente vívidos, como era la exigencia de Turner. Tampoco aquí el artista quiere detenerse en una pasiva contemplación, sino que se abre a la revelación de lo inasible, de lo siempre cambiante y siempre cuestionador.”

En el contexto de sus monotipos el artista juega con imágenes entre figurativas y abstractas, con luces y sombras, con espacios definidos y difusos, en fin, con ambientes ensoñadores, nostálgicos, acaso profundamente poéticos, que instauran una sinfonía de colores, arropando con su unidad armónica todo el conjunto.

Luis Fernando Mejía Jaramillo, encontró en el monotipo un verdadero instrumento expresivo, en donde el dominio de los conocimientos técnicos es evidente, pero quedando ampliamente superado por la manera tan particular y refinada en que el artista da a conocer sus ideas estéticas, que le permiten al observador tener la sensación de que, mirando su obra, tiene un contacto directo e inmediato con un fenómeno que solo puede ocurrir en el mundo real.

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