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PAISAJES

En busca de la quietud y el instante fugaz 

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Luis Fernando Mejía Jaramillo volvió cada año ininterrumpidamente, en el lapso que comprenden 1990 y 2003, al tema que recrea la naturaleza exuberante del trópico, y al que realmente el artista le imprimió un sello de sublimidad por medio del grabado, combinando el aguafuerte con el aguatinta en la mayoría de los casos y, en algunos de ellos también, la cerablanda. Todos los grabados fueron impresos a partir de placas de zinc, y la mayoría de ellos en papel para grabado.

Algunos trabajos de esta extensa serie de paisajes fueron objeto de exhibición en la galería de exposiciones de El Taller de Grabado, e hicieron parte de las carpetas editadas y dadas a la venta por el mismo taller, en especial las X y XI de 1993 y 1994 respectivamente.

 

El solo hecho de su reiteración en un lapso de 13 años nos da cuenta de la importancia que tuvo este tema para el artista. Podríamos equiparar su "vuelta al asunto", como cuando en la música se hacen variaciones de un mismo tema (Fernández, 2006, pág. 235), por las cuales el autor, en su afán investigador, pacientemente modula los logros alcanzados cada vez para utilizarlos luego como nuevos puntos de partida en la búsqueda de la excelencia. El color, en este caso, en lugar de ser un apunte o el reforzamiento de un detalle, como había ya ocurrido en obra anterior del artista, se instala definitivamente hasta invadir la superficie del grabado. Los efectos de luz, por su parte, llegan a ser de una asertividad exquisita. Su autor quiso, en algunos casos, ilustrar sobre los efectos ambientales modificados por el transcurso del tiempo y, en otros, inmortalizar el instante fugaz que había acaparado en su memoria. Es posible observar, por ejemplo, cómo la luz irrumpe anunciando el renacer de cada día.

 

En relación con los trabajos de aguatinta realizados por Luis Fernando Mejía Jaramillo, Santiago Londoño se expresó así:

o que puedo decir al respecto es que Luis era un gran maestro en el aguatinta. iEso nos producía una envidia total!. iY los tonos! Porque una cosa es hacer una aguatinta pero otra es partir del blanco hasta el negro en todas las gamas de colores. iücho o diez pasos! Yo admiraba mucho eso y creo que todos los demás en el taller también [ ...]

Seguramente producto de sus largas caminatas por el campo los fines de semana y en los períodos de asueto, y del deleite que le producía su observación detallada, es esta línea temática en la cual el artista hace un gran despliegue de virtuosismo, de su fascinación por la minuciosa y paciente labor artesanal que implica el grabado y del dominio de la técnica que lo lleva a conseguir resultados hasta ese momento inusitados. Como lo afirma Carlos Arturo Fernández "su amplia serie de paisajes [...] constituye uno de los capítulos más originales dentro de la historia del grabado en Colombia y, en su conjunto, uno de los principales aportes de Luis Fernando Mejía". (2006, pág. 240).

 

En el mismo sentido se pronunció Elkin úsuga:

La obra de Luis Fernando Mejía es indicadora de que en la contemporaneidad sigue siendo necesario el rigor en el conocimiento del oficio. El barniz para aguafuerte, la cerablanda y la colofonia eran aplicados a la placa de zinc, metal que él consideraba como el más apto para sus grabados, con la convicción de quien estaba haciendo algo excelente. Ello es posible observarlo en la filigrana de sus grabados. Utilizó el método de la poupée, entintado a color, que investigó y que llevó hasta sus máximas posibilidades, para lograr una sutil belleza en sus paisajes. En nuestro medio el grabado en hueco a color alcanzó un gran nivel con Luis Fernando Mejía." (2005, pág. 10)

Eminentemente expresionista, refleja sin afectaciones el paisaje. Los ambientes naturales de que dan cuenta estos grabados, sin representar o copiar exactamente un lugar específico de la geografía colombiana, condensan el paisaje autóctono al punto de hacernos creer que los reconocemos porque en algún momento previo estuvimos allí, en ese lugar en particular.

Mejía inició esta enorme serie de paisajes en el año 1990 y persistió en ella prácticamente hasta su fallecimiento, sin que eso le obstaculizara la realización de trabajos relacionados con temas radicalmente diferentes; y me atrevo a afirmar que precisamente acudía a recrear la naturaleza como un recurso para alcanzar la serenidad y la paz interior, perdidas en momentos tan difíciles como los que ha tenido que pasar la sociedad colombiana y en especial la de Medellín, como consecuencia de la violencia incesante de los diferentes grupos al margen de la ley que, en especial en la década del noventa, propinaron especiales afectaciones a la comunidad.

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En la visión de conjunto o individual que nos brindan estos cuadros, la naturaleza aparece serena, tranquila, armónica y casi infinitamente bella. No hay tormentas, no hay borrascas, no hay nada que presagie la alteración de la armonía. Invita a la observación prolija, a la recreación y elevación del espíritu, a la pausa gozosa y reflexiva.

 

Al parecer el entusiasmo por este tema se desató en el artista a partir de las caminatas por el campo, en ejercicios prolongados de seis y siete horas por día, cada vez investigando nuevas rutas y senderos de la geografía antioqueña, en compañía de algunos de sus amigos con quienes compartía este interés.

 

Luis Fernando, aprovechando su gran capacidad de retentiva y su facilidad para conjugar los diferentes aspectos más característicos del paisaje local, posteriormente a sus incursiones paisajísticas, en su taller, realizaba allí los bocetos para dibujar luego directamente sobre las planchas de metal. Realizó, por ejemplo, un paisaje de montaña conformado por cinco placas que, impresas la una seguida de la otra, encajan perfectamente, y si se recorren visualmente de izquierda a derecha o de derecha a izquierda, no presentan solución de continuidad en la visión panorámica, dando la sensación, según los matices de colores utilizados, de estar presenciando el transcurso del tiempo, desde el amanecer hasta el atardecer o viceversa.

 

Creo firmemente que Luis Fernando Mejía Jaramillo asumió el paisaje nativo como un elemento esencial constitutivo de su propia identidad y de su arraigo.

 

En algunas ocasiones el artista nos permite una visión cercana en la cual el bosque tropical parece que nos envuelve y, en otras, nos brinda una panorámica desde un punto lo suficientemente alto como para poder observar, en la majestuosidad del horizonte, las cadenas de montañas, los ríos que corren por entre sus laderas, la densa niebla que cubre sus cimas.

 

A partir de esta serie y en todas las subsiguientes, en la obra de Mejía Jaramillo, se fue desarrollando, cada vez con mayor intensidad y resultados sorprendentes, una interesante dialéctica entre dibujo y color. En adelante fue dominante el color en la generalidad de su obra.

 

En 1993, en declaraciones al periódico El Colombiano Luis Fernando Mejía Jaramillo, expresó:

 

[...] desde hace tres años comencé a incursionar por el lado del paisaje, el verde, y mi trabajo como arquitecto perspectivista tuvo que ver con esto. Siempre he considerado que los arquitectos de nuestro medio dibujan muy mal el ambiente. Hacen una casa o un edificio y resulta que los árboles son europeos, americanos o inventados, y se salen de lo nuestro. La gente identifica en mi proyecto la naturaleza autóctona.

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